Un refugiado nos cuenta su historia a través del café – 25 Magazine: Issue 3

Un refugiado nos cuenta su historia a través del café – 25 Magazine: Issue 3

MMás de 65 millones de personas en todo el mundo se han visto obligadas a dejar su hogar. Cuando los niveles de desplazamiento de las personas alcanzan la categoría de crisis, una empresa de los EE.UU. dedicada al café ayuda a los refugiados a asentarse en su nuevo país de destino dotándolos de las destrezas necesarias para convertirse en baristas de éxito.

ELIZABETH DOERR ha hablado con el equipo de 1951 Coffee Company.

Es posible que haya oído hablar de un país llamado Bután. Pude que haya oído hablar de sus frondosas y escarpadas cumbres debido a su posición elevada en la base oriental del Himalaya. Quizá haya oído que Bután es el país que presume de tener más «Felicidad nacional bruta», situando la calidad de vida por encima de los bienes materiales.

Eso es lo que Bután quiere que usted oiga. Pero existen algunos aspectos del país que la oficina de turismo seguramente no anunciará en su página web. Mientras que todos estos aspectos de país realmente existen (la cultura y el paisaje son hermosos y ricos, y la gente a la que los economistas han encuestado son, desde luego, muy felices), existe un oscuro secreto que dicha belleza y alegría enmascaran. Un éxodo masivo de minorías nepalíes procedentes de Bután conforma uno de los mayores grupos de refugiados, equivalente a la población total del país. Desde principios de los años 90, más de 100.000 nepalíes han huido del sur de Bután (alrededor de un sexto de la población total) debido a una imposición del gobierno para concentrar a todos bajo el lema «Una nación, una cultura» por temor a que la mayoría Drukpa, practicante del budismo, se viera superada. Las severas medidas de protesta por parte de la minoría oprimida finalmente condujo a que todo un grupo étnico abandonara el país en dirección al Nepal, donde no fueron precisamente aceptados por el país del que sus antepasados emigraron a finales del siglo diecinueve, teniendo muchos de ellos que pasar décadas en campos de refugiados desde entonces.

De alguna manera esta historia se ha ido perdiendo puesto que toda la atención se centra en Bután. Sin embargo, una persona de la zona de la Bahía de San Francisco en California, Meg Karki, está colaborando a la narración de esta historia por medio del café.

«Un lugar puede medir la felicidad cuando se les pide a aquellos que no son felices que se vayan», indicó Meg, gerente de cafetería y formador en el Programa de Formación para Baristas en 1951 Coffee Company, a los asistentes al simposio Re:co sobre café de especialidad celebrado en Seattle en abril de 2017, en el momento en que se presentaba. Con esta afirmación, consiguió que la gente procedente de la industria del café de especialidad presente en la sala conectase con su experiencia como refugiado.

Meg, vestido de forma sencilla con unos pantalones vaqueros ajustados, una cazadora gris bien planchada y unas deportivas blancas, contó a los asistentes cómo en el año 1991, con solo tres años de edad, él y su familia se tuvieron que ir, junto con sus amigos y vecinos, a Nepal, donde pasaron los siguientes 19 años en el campo de refugiados de Goldhap. Su hogar, una estructura de 200 pies cuadrados («el tamaño de una portería de fútbol»), estaba hecho de paja y bambú; era uno de los 1.400 que albergaban a los 10.000 apátridas que languidecían en el limbo de aquel campo de refugiados.

«Las casas eran muy pequeñas», decía. «Iba a la escuela ocho horas al día, a veces no teníamos suficiente comida». Como cualquier niño, se pasaba el tiempo en el campamento con sus amigos. Jugaban al fútbol con una pelota casera hecha a partir de plástico, papel y trapos viejos, utilizando los árboles que se interponían entre ellos como defensas adicionales. No se le permitía trabajar legalmente en Nepal, pero pudo terminar el bachillerato.

Cuando los esfuerzos por reasentar a los refugiados de los campos nepalíes fueron en aumento, a sus 22 años Meg recibió la noticia (era el año 2011), tras dos años y medio inmerso en un proceso de evaluación, de que podría comenzar una nueva vida en los EE.UU., en concreto en Oakland, California, donde su madre había sido reasentada en 2010. Allí, Meg entró en contacto con el International Rescue Committee (IRC), donde conoció a Doug Hewitt, amante del café y coordinador de empleo de la organización. Fue esta conexión la que, seis años después, convirtió a Meg en uno de los rostros representativos de una de las organizaciones defensoras de los refugiados más innovadoras de la región, 1951 Coffee Company. Y fue este paso el que le ofreció una plataforma para compartir no solo el lado más oscuro de la historia de Bután, sino también su historia personal como ser humano y como refugiado.

1951 Coffee Company

Fundada en 2015 por los antiguos empleados del IRC Doug Hewitt y Rachel Taber, 1951 Coffee Company tenía la ambiciosa intención de transformar las comunidades locales en las que viven los refugiados por medio del café. La forma de hacerlo era proporcionando a los refugiados formación y trabajo como baristas. Así, por medio de su trabajo tras el mostrador de las cafeterías y por pura interacción humana, estos refugiados fueron sensibilizando a sus clientes y a su entorno sobre su vida. Como amigo de Doug y compañero en el mundo de la tostación del café, Meg se convirtió en uno de los primeros formadores de baristas, y poco después se convirtió en gerente de 1951 Coffee Company e instructor del Programa de Formación.

«Una de las cosas que hacía Meg era ayudar a los demás», indica Doug sobre por qué quería que Meg estuviera involucrado. Y no solo ayudaba a la gente de su propia comunidad butanesa, «sino también a todos los refugiados, para que pudieran adaptarse a su nuevo entorno. Y eso es algo fantástico. Fundamentalmente, son su carácter abierto para ayudar a que la gente dé los mismos pasos que él dio, su franqueza a la hora de transmitir fuerza a los demás y su humildad lo que le convierten en la persona perfecta para este puesto».

Meg está convencido de que el hecho de identificarse con los refugiados como uno de ellos es lo que le hace tener éxito. Dice que sabe perfectamente lo que significa ser nuevo en un país, no entender la cultura de servicio de atención al cliente americana, e introducirse en un concepto desconocido como el de café de especialidad. Muchos de los aprendices llegan a los EE.UU. pocos meses antes de empezar el programa. Meg recuerda las dificultades que tenía a la hora de preparar el expreso perfecto o a la hora de elaborar un latte art vistoso cada vez que tiene que formar a otros refugiados.

La compasión y comprensión que transmite la mirada de Meg se hacen evidentes cuando trabaja con los demás baristas. No es demasiado duro con ellos, siempre bromea y ríe con ellos mientras espuma la leche. Sus ojos oscuros son suaves, y tiene un brillo amable que ilumina su rostro redondo, haciendo que uno se sienta como si lo conociera desde hace años. Cuando hace comentarios o echa una mano a un barista con nuevas habilidades, lo hace de forma muy cercana, a veces tocando ligeramente el brazo del aprendiz. Les dice que aprender las técnicas es un trabajo duro. Al final lo conseguirán, como hizo él.

«Yo mismo pasé por el mismo programa de formación, y se me daba realmente mal», dice. «Incluso el latte, el cappuccino… No sabía cómo pronunciarlos, y ahora enseño a hacerlos. Creo que esa es la forma de ayudar de 1951. Estar en un programa de formación y ser un formador es muy bueno, porque así puedo contar mi historia». A menudo les dice a sus aprendices que lo están haciendo muy bien, y es así porque él no era capaz de hacerlo tan bien durante su formación.

Este modelo de enseñanza refugiado-enseña-a-refugiado sirve de apoyo a la misión de 1951 de proporcionar un entorno cómodo para que los refugiados aprendan sobre la cultura de empleo en los EE.UU.

«Cuando trabajaba en el IRC, fui consciente de que existía un vacío entre lo que los refugiados necesitaban y lo que las compañías podían ofrecerles», dice Doug. «Siempre pensé que sería fascinante si hubiera un empleador en alguna parte, especialmente un café, que llevara un negocio que permitiera que los refugiados trabajar de cara al público delante de los clientes, permitiéndoles interactuar realmente con el público americano: un empleador que entendiera las dificultades por las que debe pasar un refugiado durante estos primeros meses siguientes a su llegada, que les ayudase y les permitiese crecer».

 

Así es como 1951 se convirtió en ese empleador comprensivo. La empresa no solo tiene formadores que saben lo que es ser un refugiado; se ofrece a los aprendices la oportunidad de practicar sus nuevas habilidades como baristas e interactuar con los miembros de su nueva comunidad. 1951 les permite hacerlo a un ritmo más lento, con personal comprensivo y sin el estrés añadido.

«Los empleos que suelen conseguir los refugiados cuando llegan aquí a los EE.UU. suelen ser trabajos con turno de noche, en almacenes, en empaquetamiento y procesado, de espaldas al público, de limpieza…», indica Rachel Taber, cofundadora de 1951 junto con Doug. «Trabajos que les mantienen segregados de su nueva comunidad lingüística, social y culturalmente. Es normal que un barista esté de cara al público, que tras la barra todo el mundo sea tratado de forma digna e igualitaria, y también respecto al resto de la comunidad».

Cultura del café

La dignidad, la igualdad y la hospitalidad son cualidades intrínsecas a la cultura del té y el café. «En casi cualquier cultura del mundo, nos encontramos con que, cuando alguien llega a tu casa, le ofreces café o té, o ambos a la vez», indica Doug. «Sabemos que aquí, en los EE.UU., cuando te levantas por la mañana, lo primero que haces es tomar una de las dos bebidas, y a menudo lo haces en una cafetería. La cafetería es una parte central de la cultura y la vida americana. Pensamos: ¿qué mejor lugar para que estén los refugiados que allí donde está el movimiento?»

El hecho de estar en el punto de encuentro de la comunidad local no sólo ayuda a los refugiados a adaptarse a la vida en su país de adopción, sino que también ayuda a que sus clientes entren en contacto con la crisis de los refugiados. Saber que existen 22,5 millones de refugiados en todo el mundo no hace que sintamos el problema como algo más cercano. Lo que lo convertirá en algo más cercano es escuchar las historias de algunos de esos refugiados. Tal vez escucharlas delante de una taza de café.

«A medida que la industria se preocupa cada vez más por los orígenes», indica Rachel, «existe una mayor sensibilización acerca de la situación internacional respecto al hambre y las guerras. Según va creciendo la preocupación hacia estos países, se va apreciando más y más que se trata de un círculo vicioso».

Panorama político

El actual estado de la política en los EE.UU. también ha traído consigo una concienciación sobre la crisis de los refugiados hacia el cliente medio. El café de 1951 se inauguró el 22 de enero de 2017, cinco días antes de que el presidente de los EE.UU., Donald Trump, firmase un decreto prohibiendo la entrada en EE.UU. de ciudadanos procedentes de siete países de mayoría musulmana. Fue un momento providencial aunque también problemático para abrir. 1951 se encontró en el centro de un gran esfuerzo destinado a conseguir cambios.

«Cuando la gente empezó a buscar un lugar donde ofrecer apoyo a los refugiados, podían encontrarnos a nosotros. Venían a nuestro café y hablaban con nuestros baristas. Se sentaban en nuestro espacio y escribían a sus funcionarios electos», contaba Doug al público de la Re:co de Seattle. El espacio de 1951 es como un museo contemporáneo con un mapa que cubre toda una pared con unas gruesas líneas de colores primarios que unen detalles referentes a las experiencias de los refugiados a modo de infografía a tamaño real. En este espacio comunal y educativo, dice Doug, «la gente elaboraba estrategias sobre cómo salir del café y cambiar esta situación, todo ello mientras se tomaban un café».

El café es el elemento que aúna todas estas ideas de cambio. Pero lo importante es unir a la gente. «Me gusta tomar café», dice Meg, «pero lo que más me gusta es estar con gente universitaria». El café de 1951 está al final de la calle que viene de la University of California Berkeley. «La gente nos trata como a seres humanos. Nos tratan como a iguales, como si nos dieran la bienvenida».

La humanidad que hay detrás del acto de tomar un café y de comprender de dónde provienen los granos que dan lugar a tu bebida favorita crea un vínculo con la persona que te sirve dicha bebida. Gracias a la tercera ola, los agricultores han empezado a establecer relaciones con los tostadores; los tostadores establecen relaciones con los cafés, los cafés son sus baristas, y los baristas con su comunidad. Y, gracias a esto, usted puede entrar en una cafetería, iniciar una conversación con el barista y saber cómo y por qué un joven alegre y brillante como él, nacido en Bután, ha terminado sirviéndole un expreso en un café de Berkeley, en California.